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Quizá quieras saber esto:

Argos está mal hecho: tiene la cabeza pequeña, la pelvis demasiado elevada y camina patizambo porque es un mil leches. Está gordo y es vago. Y cuando se aburre, ladra, y si le riñes, a menudo, ladra más.

Caos está lisiado. Tiene varias fracturas en la columna vertebral que no le dejan caminar bien y no puede dar más de treinta o cuarenta pasos seguidos y, en consecuencia, suele cansarse rápido o tirarse al suelo a lloriquear; además, a veces, como no puede levantarse, se caga; y, para más inri, tiene una herida en la trufa que nunca se cierra y suele sangrar (pénfigo, una enfermedad autoinmune).

Dana está loca. Según tres etólogos distintos, los tíos que diagnostican el comportamiento de los animales, tiene problemas de hiperactividad e hiperreactividad.

Todo ello me importa una mierda, que lo sepas.

Y si no lo entiendes ahora, luego lo entenderás.

Caos, un tipo elegante
Caos, un tipo elegante.
Por su culpa, la casa está hecha un asco, el suelo siempre está lleno de pelo por mucho que se barra y las paredes están salpicadas de manchas y suciedad por mucho que se pinten. Tienen que pasear cada dos por tres, y correr, y siempre están buscándote para jugar pese a que les compres juguetes, y son un incordio.

Cuando compré a Dana, estuve días pensando en el nombre más apropiado para aquel cachorro de pastor alemán que había visto en la tienda alejada del resto. Dánae me pareció ideal, pues como relataba Ovidio en Las metamorfosis, alguien había decidido encerrarla en su propia torre de bronce. Después, con el paso del tiempo, nunca terminó de integrarse con los perros del pipicán, le costaba entender qué querían los otros animales, no obedecía y destrozaba la casa (¡incluso se comía las paredes!).

Después llegó Argos, al que nos encontramos en la montaña y nos encariñamos de él, claro. Era muy pequeño y lo habían abandonado cerca de la perrera con el resto de su camada. A diferencia de sus hermanos, había sido suficientemente inteligente para salir de la caja, apartarse de los otros y venir hacia nosotros. Llamamos para dar aviso y nos lo llevamos, pensando que, quizá, la perra necesitaba compañía, y que cuidar de dos animales no debía ser muy distinto a cuidar de uno, claro.

La cosa funcionó bastante mal, y nos mudamos fuera de la ciudad. Allí, alquilamos una casa y les dimos terreno para que se moviesen, pero el adiestrador nos dijo que tenían que seguir saliendo a pasear (alucinante, ¿eh? ¡con todo ese terreno!) y nosotros todavía teníamos menos tiempo que antes, ya que debíamos subir y bajar de la ciudad en coche entre largas colas de pringados como nosotros que se comían los atascos en hora punta. Uno de esos días, nos encontramos otro mil leches, mezcla de pastor alemán, al que habían apaleado y abandonado, y decidimos rescatarlo y darle un hogar. Y con eso, hicimos el trío.

Vaya tres cagadas, ¿verdad?
Si estás de acuerdo con algo de lo anterior, mucha gente te diría que te pirases de aquí; sin embargo, yo escribo esta entrada para ti, para convencerte de que todo lo de arriba son gilipolleces, de que pensar así es pensar poco, y de que si no empiezas a responsabilizarte de ese animal con el que decidiste compartir tu día a día, te va a ir todo como el culo, porque no se trata de condicionar tu vida a un animal, se trata de no joder tu vida si no estás convencido de que quieres a ese bicho contigo.

El escritor Arturo Pérez-Reverte decía aquí que el rasgo del perfecto hijo de puta es arreglárselas para que sus actos acaben por no avergonzarlo en absoluto. Yo creo que, si alguna vez te has planteado abandonar a tus perros, deberías meditar sobre por qué decidiste comprar, adoptar o recoger a ese animal y, si vas a hacerlo o ya lo has hecho, vas a arrepentirte toda tu puta vida, por lo que te recomiendo que te des media vuelta y empieces a buscarlo por todas partes.

Y es que entiendo que creas que soy idiota. Comprendo que tú no tengas tiempo ni dinero que gastar en un bicho de doce o catorce años que te encontraste maltratado y moribundo en una carretera, pero a mí me vale con poder dar a ese animal algo de paz y tranquilidad que le permita dormir con los dos ojos cerrados al fin. Entiendo que tú no quieras un perro gordo, feo y desgarbado, pero a mí me vale con tener un amigo fiel. Y, por supuesto, entiendo que tú no quieras una perra histérica, que le cuesta controlar cualquier instinto y con la que tienes que entrenar obediencia y salir a caminar, o correr, o jugar con la pelota, o con el mordedor, o con algo, hasta que está agotada y decide tumbarse un par de horas antes de volver a dar guerra.

Pero, ¿sabes? Te pido que entiendas que eso es lo que hace feliz a la gente que tiene perros; no se trata de darles un hogar, sino de permitirles compartir el tuyo, porque quieres, porque crees que su presencia enriquece tu casa, y porque te suda la polla que te ensucien la pared, que te suelten pelo o que se froten el culo en la alfombra. Y, sobre todo, te exijo que entiendas que la vida no te debe nada, y que las cosas jamás serán como tú quieres. Quizá te sale un hijo con Down, quizá te pegan tres tiros, o quizá te coge un cáncer, ¿y por qué los demás van a querer cuidar de tu hijo mongólico o de tu pellejo canceroso? Se trata de responsabilidad; si tienes un crío, no lo abandonas cuando te falta la pasta; si tienes un perro, tampoco: créetelo, porque si quieres convivir con un perro necesitas una buena dosis de responsabilidad.
Tampoco supone un intercambio justo, no te equivoques. Puedes dedicarte a cuidar a esos animales toda su vida, y se irán, ya sabes. No obstante, quizá descubres que ellos han palmado felices de haber compartido su vida contigo y, cuando te toque a ti, puede que descubras que cada perro que ha compartido tu casa te ha hecho inmensamente afortunado también. Quizá llegue el día que veas un sinsentido en prescindir de ese animal que está contigo a las duras y a las maduras por cuatro caprichos, porque te estorba o —¡qué coño!—, porque te han largado de tu piso por el que te hipotecaste hasta las trancas. Pero si dudas, no le compliques la vida a ese animal, ni te compliques la tuya con más gastos, dolores de cabeza y obligaciones.

También puede ser que todo esto te resbale, que no te interese, que consideres que el mundo no te debe nada, ¿verdad? Entonces, ten huevos. Ten huevos de acercarte a una protectora y dejarlo ahí, y diles: “Me equivoqué, y fracasé.” Ten huevos, como mínimo, de eso. Ten huevos de darle una segunda oportunidad. Pero sobre todo, no compres, ni adoptes, ni recojas a ese animal si no estás seguro o segura de que vas a estar con él hasta el fin de sus días (o de los tuyos), porque te aseguro que él va a estar ahí para ti, y no se merece que seas una mala persona; así que hazme caso, sé la persona que tu perro cree que eres.